Tusanaje | Conociendo la ciudad prohibida
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Conociendo la ciudad prohibida

Conociendo la ciudad prohibida

Era 1988, no recuerdo el mes. Tenía 7 años, estaba en 2do grado de primaria y en ese entonces vivía en Huancayo con mi familia. Un día al volver del colegio, mi madre entusiasmada me dijo que había escuchado de una película “sobre un niño chino”. Dos horas después, ambos caminábamos por la calle Real (la Javier Prado de Huancayo) y entramos a un lugar que no conocía. Era la primera vez en mi vida que asistía a una sala de cine.

No recuerdo mucho la sala o la nueva sensación de estar a oscuras al inicio de la película. Eran épocas en los que ir al cine era equivalente casi a ir a la iglesia en domingo y había todo un halo de seriedad alrededor. Pero sí recuerdo muy bien el poster en la puerta que decía “El Último Emperador” y aparecía la foto de un niño chino con ropas muy extrañas. La película estaba dirigida por el italiano Bernardo Bertolucci, y a la postre, ganadora de nueve premios Oscar.

Está de más decir que la película no era apta para un niño de mi edad, debí haber sido el único ese día en el cine. En la película se pueden ver entre otras cosas, un intento de suicidio, un joven emperador en un trío sexual bajo las sábanas o eunucos cumpliendo diversos caprichos. Pero mis mayores recuerdos de la película pertenecen a la etapa de infancia y adolescencia de Puyi, quien se encontraba recluido en la Ciudad Prohibida (紫禁城).

Septiembre de 2007. Acabábamos de aterrizar en Pekín con mi madre. Era una noche con mucha lluvia y nos vimos obligados a quedarnos en el hotel, viendo con mucha curiosidad la televisión local mientras revisaba el mapa de la ciudad. Pekín está organizada en forma concéntrica, con varias carreteras que forman especies de rectángulos, donde el centro absoluto es la Ciudad Prohibida.

Despertamos al día siguiente con la misión de conocer la plaza Tiananmén y luego entrar a la Ciudad Prohibida, que se encuentra al frente. El hotel estaba muy cerca, a menos de 10 cuadras y el camino era una experiencia completamente sensorial. Sobresalían las tiendas de frutas exóticas como duraznos gigantes, adornos de piedra jade o DVD piratas hechos en fábrica (hasta box sets). Incluso encontramos en una esquina un puesto ambulante que vendía “yuquitas”, las tradicionales masitas fritas, pero en este caso eran gigantes -sin exagerar casi diez veces el tamaño de las que vemos por estas tierras-.

Ya habíamos escuchado sobre la gran cantidad de turistas en la plaza Tiananmén y la Ciudad Prohibida, (muchos de ellos haciendo turismo interno) Pero no estábamos preparados para ver a miles de personas, muchos de ellos en coloridos polos o gorras para no perderse de su grupo de turistas. Era casi imposible moverse entre tanta gente, por lo que decidimos ingresar por nuestra cuenta a la Ciudad Prohibida y fue una de las mejores decisiones que tomamos.

Al entrar es inevitable sentirse muy pequeño frente a la impresionante Puerta Sur. El hecho de no estar en un tour o con un guía nos permitió alejarnos de los grupos grandes de turistas y encontrar lugares con mucha paz. La Ciudad Prohibida está llena de cientos de pasajes y edificios de distintos niveles de importancia (eso se puede saber mirando la cantidad de figuras sobre las tejas). De pronto empecé a reconocer algunos lugares en los que grabaron “El Último Emperador”, incluso hasta podía imaginar al pequeño Puyi corriendo frente a nosotros. Ese día caminamos más de cuatro horas dentro de los muros de la ciudad, y terminamos saliendo por la puerta opuesta, muy lejos de donde se encontraba nuestro hotel.

Esa noche dejé a mi madre durmiendo y fui a visitar una vacía plaza Tiananmén y la fachada de la Ciudad Prohibida. En ese momento sentí que estaba cerrando un círculo.

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