Tusanaje | La muerte en cuatro relatos taoístas
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La muerte en cuatro relatos taoístas

La muerte en cuatro relatos taoístas

Los seres humanos gozamos de una habilidad cognitiva muy particular: podemos reflexionar sobre nuestra propia existencia y la maravilla que supone ser poseedores de una vida. Además, tenemos una noción del flujo del tiempo: solemos añorar el pasado y tener expectativas sobre el futuro. Esta consciencia de uno mismo es una cualidad única que los animales no humanos no poseen. Los seres humanos no sólo estamos vivos; además, sabemos que lo estamos.

Esta noción de nuestra existencia personal nos permite ponderar el opuesto de esta situación. Ya que estamos, pues, con vida ¿cómo ha de ser la ausencia de la vida? La muerte. El ejercicio de reflexionar sobre el cese de la existencia es a menudo motivo de angustia y una de las principales fuentes de infelicidad humana. El miedo a lo desconocido, a no poder realizar más las actividades que uno disfruta, a separarse de quienes uno ama, el miedo a verse confinado a un lugar desagradable e incluso el miedo a ser juzgado severamente por un ser divino son todos motivos del porqué el concepto de la muerte genera tanto rechazo y pavor, y ante el cual muchas personas adoptan una postura de negación y de distanciamiento.

Para la mente oriental embebida en el pensamiento taoísta, sin embargo, la muerte no se encuentra en oposición a la vida. Vida y muerte, existencia y no existencia conforman una secuencia natural. Antes de nacer no existíamos, luego existimos y es curso natural de la naturaleza que, en algún momento, volvamos a la no existencia. ¿Puede haber algo más natural que ello? Así lo entendía Zhuangzi, filósofo taoísta, de quien, en el libro homónimo, de enorme relevancia en el pensamiento taoísta, se narra la siguiente historia:

Tras fallecer la esposa de Zhuangzi, su amigo Huizi fue a darle el pésame y consolarlo, sin embargo, para su sorpresa, lo encontró de cuclillas tocando un pequeño tambor y cantando. Indignado al presenciar actitud tan ingrata, le increpó:

—Ambos criaron a sus hijos, vivieron y envejecieron juntos. ¡Si no sientes deseos de llorar, allá tú! ¡Pero cantar y tocar el tambor es simplemente inaceptable!
Zhuangzi, calmado, le contestó:

—Estás equivocado, permíteme que te explique. Cuando ella acababa de morir, ¿cómo podría no sentirme afligido? Sin embargo, pronto examiné la situación desde el principio. Al inicio, ella no tenía vida; no solo no tenía vida, tampoco tenía forma; no solo no tenía forma, tampoco tenía sustancia, pero en medio de esta ausencia, de un modo u otro, la situación cambió y existió su sustancia, cambió una vez más y existió su forma, tras un tercer cambio existió su vida. Hoy, la muerte no es sino un nuevo cambio. Esta secuencia es similar a la de las cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Ahora, ella yace recostada sobre el Gran Salón del Universo. Si yo llorase desconsoladamente y me lamentase por su muerte, ¿no sería ello mostrarme ignorante de las leyes de la vida y la naturaleza? Por eso, no lo hago.

De manera muy hermosa, Zhuangzi nos describe cuál es la postura que adopta ante la muerte de un ser amado quien se reconoce uno con el Tao y ha comprendido las leyes del universo y la vida. Vida y muerte, pues, no son opuestos ni existe entre ellos conflicto alguno, la relación entre ambos puede comprenderse como el paso de las estaciones a lo largo de un año. ¿Por qué hemos de sentir miedo ante algo tan natural? Otro relato taoísta extraído también de la obra “Zhuangzi” da cuenta del funeral de Laozi, personaje a quien se le atribuye la obra fundamental taoísta “El clásico del camino y la virtud” .

Tras la muerte de Laozi, su amigo Qinshi acudió al funeral. En la ceremonia, tras tres sollozos salió de la sala. Un discípulo de Laozi se le acercó y preguntó:
—¿No es usted amigo de nuestro maestro?
—Así es —respondió Qinshi.
—Siendo así, ¿es de esta manera que expresa sus condolencias? —dijo el discípulo, sorprendido.
Qinshi replicó:

—Así es. Antes, Laozi era un ser humano vivo, pero hoy ha muerto. Al ingresar al funeral, he visto a adultos llorar por el deceso de Laozi como si llorasen por la muerte de sus hijos, he visto a jóvenes llorar como si llorasen por la muerte de sus madres. La razón por la que estas personas participan del funeral es porque tienen palabras de consuelo que no quieren decir, pero están obligadas a pronunciar, y no desean llorar, pero están forzadas a hacerlo. Esto va en contra de los principios de la naturaleza y las emociones, y es olvidar la naturaleza que les ha sido otorgada. En la antigüedad, las personas llamaban a esta conducta “el castigo por contravenir el orden de la naturaleza”. Tu maestro obtuvo vida y por ello apareció en este mundo, había llegado su momento de nacer; ahora ya no tiene vida, se ha ido, llegó su momento de morir. Todo de acuerdo al orden del universo. Si las personas aceptasen el curso de la naturaleza con sosiego, las tristezas y alegrías no podrían ingresar en sus corazones ni causarles sufrimiento alguno. En la antigüedad, las personas llamaban a esto “la gran liberación de las ataduras naturales”. Nuestros cuerpos son como los leños que alimentan el fuego, algún día se consumirán hasta las cenizas, pero nuestro espíritu es como un fuego que nunca se extingue y dura por toda la eternidad.

¡Qué situación tan particular! ¡El pensamiento taoísta puede parecer tan contra intuitivo para la mente occidental! Qinshi queda asombrado por la desdicha y la pesadumbre que muestran los asistentes ante la muerte de su maestro, sin embargo, considera que este padecimiento se origina en la ignorancia, en no comprender “el orden de la naturaleza” y en no “aceptar el curso de la naturaleza con sosiego”. Además, indica que las demostraciones de sufrimiento ante la muerte son una conducta aprendida que no son intrínsecas al ser humano. Qinshi, por otro lado, no ve perturbado su corazón ante la desaparición de su maestro, es por ello que tras unos pocos sollozos fingidos se retira de la sala: un cadáver, pues, no es motivo para sentirse afligido; Laozi, su amigo, ya no se encuentra ahí. Una mente en calma, imperturbable, libre de los vaivenes de los sentimientos y los sufrimientos del mundo, es lo que los taoístas llaman “La gran liberación de las ataduras naturales”.

La muerte de la persona amada y la muerte de un maestro son grandes golpes emocionales en la mente occidental, y ¿la muerte de un amigo? El siguiente relato taoísta extraído también del “Zhuangzi” nos describe esta circunstancia.

Zi Sanghu, Meng Zifan y Zi Qinzhang conversaban entre ellos.
—¿Quién podría ofrecerme su amistad sin volverse una molestia? ¿Quién podría ayudar al otro, de tal manera que no parezca que está brindando ayuda? ¿Quién podría iluminar el cielo y atravesar la niebla, ascender en espiral hacia el universo infinito, olvidar su propia existencia y nunca llegar al fin?
Los tres se miraron unos a otros y sonrieron. Disfrutando de su compañía, se volvieron buenos amigos.
Al cabo de un tiempo, Zi Sanghu falleció. Confucio, al oír sobre esta noticia, envió a su discípulo Zigong a ayudar en la organización del funeral. Al llegar, encontró a Meng Zifan y Zi Qinzhang, tocando, componiendo música y cantando:

—¡Oh Sanghu! ¡Oh Sanghu! ¡Has vuelto a la naturaleza; sin embargo, nosotros aún vivimos y cargamos con este cuerpo!

Al escuchar los cánticos, Zigong apresuró el paso, se presentó ante ellos y preguntó:
—Disculpe mi atrevimiento, pero, cantar, ¿cumple con lo establecido por el ritual?
Los dos se miraron y, sonriendo, se dijeron:
—¿Cómo una persona como esta puede comprender el verdadero significado del ritual?

Zhuangzi nos enseña que, mientras estemos con vida, hemos de mostrar afecto hacia nuestros amigos, ayudando y mostrando nuestro apoyo pero sin asfixiarlos con nuestra presencia y gozar mutuamente de la compañía al punto de olvidarse de la existencia. Al enterarse del deceso de un amigo, reunirse con otros, y en camaradería, cantar y componer música, alegrarse de que el amigo ha abandonado el aletargado cuerpo, y liberado por fin del peso de la mortalidad, ha vuelto al origen, al lugar en que habitaba antes de nacer.

Al mismo tiempo, Zhuangzi se burla de los formalismos y ceremoniales que, en apariencia, eran el centro de atención del Confucianismo. Para los taoístas Meng Zifan y Zi Qinzhang, amigos del fallecido, lo que verdaderamente demanda la ocasión es sentir alegría y un deseo de festejar, en tanto que su amigo ha seguido el curso natural de la naturaleza y se ha visto liberado de las ataduras de aquel cuerpo envejecido.

Finalmente, se narra la muerte del propio Zhuangzi.

Yacía Zhuangzi en su lecho de muerte, sus discípulos deseaban organizar un suntuoso funeral en su honor. Al enterarse de aquello, dijo Zhuangzi:
—El cielo y la tierra serán mi sepulcro, el sol y la luna son paredes de jade, las constelaciones en el firmamento son gemas, todo lo existente en el universo son mis ofrendas fúnebres, ¿es que acaso mi funeral no está listo ya? ¿Qué más podrían agregar ustedes?
Uno de sus discípulos respondió:
—Maestro, tememos que su cuerpo sea devorado por los cuervos y buitres.
A lo que Zhuangzi dijo:

—Sobre la tierra mi cuerpo será devorado por los cuervos y buitres; bajo ella, por las hormigas y grillos-topo. Privar de alimento a los primeros para brindarlo a los últimos, ¿no es ello una actitud muy obstinada?

La desaparición del cuerpo que ha acompañado a uno a través del viaje de la existencia humana es, si acaso puede ser visto así, dadas las complicaciones que supone habitar en un cuerpo envejecido, un insignificante revés comparado con los beneficios que supone volver al Universo, y ser fiel al orden de todas las cosas. No hay pizca de temor en Zhuangzi, quien acepta con absoluta calma la llegada de la muerte, y con gran humildad renuncia a los lujos y honores que le corresponderían a un gran personaje. Zhuangzi ya no distingue entre él, Zhuangzi, y el conjunto de todo lo existente, el universo. Para él, todo es una única entidad. Y convencido de esta situación, goza de la belleza del mundo entregado en pleno a la contemplación. Es curioso, aquel que no teme morir, en cierto modo, adquiere la inmortalidad.

Como bien ha notado Feng Youlan:

La filosofía no da ninguna información sobre los hechos y, por lo tanto no puede resolver ningún problema en forma concreta y física. No puede, por ejemplo, ayudar al hombre a lograr la longevidad y a desafiar la muerte, ni puede ayudarlo a enriquecerse o a evitar la pobreza. Lo que puede hacer la filosofía, sin embargo, es darle al hombre un punto de vista, desde el cual, él puede ver que la vida no es más que la muerte y la pérdida es igual al logro. Desde el punto de vista “práctico”, la filosofía es inútil, pero puede darnos un punto de vista que es muy útil. Para usar una expresión del Zhuangzi, es la “utilidad de lo inútil”.

El pensamiento taoísta puede liberarnos del miedo a la muerte. Todas las angustias y la ansiedad pueden desvanecerse si comprendemos que no hay, en realidad, nada que temer. El Universo y uno somos una unidad, morimos porque estamos con vida, como estamos vivos habremos de morir. Todo sigue su curso natural. A lo mejor, toda la energía derrochada ante la impenetrabilidad del misterio de la muerte, pueden ser mejor utilizadas en servicio de la existencia.

En cierta ocasión Ji Lu preguntó a Confucio sobre cómo servir correctamente a los espíritus, a lo que el maestro respondió:
-Mientras no seas capaz de servir a los vivos, ¿cómo podrás servir a los muertos?
Ji Lu preguntó entonces sobre la muerte. El maestro respondió:
-Si no comprendes la vida, ¿cómo podrás comprender la muerte?

Esforcémonos pues, estimados lectores, en comprender el porqué de nuestra existencia, entreguémonos por completo al acto de estar vivos, a servir a la sociedad y a seguir el flujo de la naturaleza. Llegará el día en que abandonaremos la materialidad de nuestro cuerpo y volveremos al Origen. Con optimismo, llegado aquel momento, nos habremos dado cuenta ya de que el Universo y el yo no son más que una y la misma entidad.

Francisco J. Nájar Ramal
樊博聞
Taipei 2018/06/08


[1] Opuesto desde el punto de vista de una mente occidental.

[1] 《莊子·外篇·至樂》 “Zhuangzi, capítulos externos: Felicidad perfecta”

[1] 道德經

[1] 《莊子·内篇·養生主》 “Zhuangzi, capítulos internos: Revitalizando al maestro de la vida”

[1] 《莊子·内篇·大宗師》 “Zhuangzi, capítulos internos: El más grande y honorable maestro”

[1] En realidad, el Confucianismo ponía por lo menos tanto énfasis en la actitud con la que se ejecutaba un ritual, que en el acto del ritual en sí mismo.

[1] 《莊子·雜篇·列御寇》 “Zhuangzi, capítulos misceláneos: Lie Yukou”

[1] FENG, Youlan (1989) “Breve historia de la filosofía china”, Beijing: Ediciones en Lenguas Extranjeras, pp 153-154

[1] 《論語·先進》 “Las Analectas, Xian Jin”

“Si no comprendes la vida, ¿cómo podrás comprender la muerte?”「未知生,焉知死?」

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