Tusanaje | Cuatro tusanes, en cuarentena, a cuatro manos (Tercera parte)
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Cuatro tusanes, en cuarentena, a cuatro manos (Tercera parte)

Cuatro tusanes, en cuarentena, a cuatro manos (Tercera parte)

El COVID-19 cruzó el espacio limeño donde cuatro artistas tusanes, cada uno en su espacio vital, nos encontrábamos reguardados de la incertidumbre, superamos la fuerza del virus y nos miramos las manos. Así nació este proyecto que dejó de ser fiel al nombre, porque casi al final de las tres semanas de creación se sumaron dos artistas más, además de la siempre solidaria mano de edición y gráfica de René Silva Catalán, poeta y editor de Ediciones Andesgraund y Letra Clara.

Antonio Hip, Rodrigo P. Campos, Valeria Wong, NiltonMaa, Gonzalo Macalopú ChiuJulia Wong Kcomt metieron las manos en la masa, se adueñaron de los poderes del virus y crearon, junto a René Silva, este pequeño himno a la amistad.

Son cuatro textos, poesía, narrativa, teatro, foto, gráfico, intervenidos o completados por otro artista. Créditos en cada uno de los textos. Pasen, vean, opinen o guarden silencio para su contemplación.

¿El COVID-19 tiene género? Dicen que afecta más a los registrados como masculinos que a los femeninos, NiltonMaa y Julia Wong Kcomt reflexionan sobre la posibilidad de construir un Covid-19 andrógino. En su plenitud multigenérica, René Silva Catalán de ediciones Andesgraund y Letra Clara (Chile-Bolivia), retrata este texto en su espejo gráfico, demoledor como siempre.
Julia Wong


Hermana Pequeña. (Muy Muy)

Una historia creada por Nilton Maa y Julia Wong en tiempo de Corona Virus.

Desperté hoy siendo una mujer, da igual frente al espejo quien soy ahora, pero confuso me pregunto ¿tendrá género este individuo?

Y lo tengo, querido espejo, hoy seré esa mujer del vidrio, bajo este cabello oscuro, en este rostro andrógino en esta piel mestiza untada en bloqueador solar con premura de alcanzar la calle y mezclarse en ese mar de cuerpos bien definidos marchando sobre la vereda. Fui un hombre meses atrás. Recorté mi melena en absoluta rebeldía contra el verano que comenzaba a despuntar. Pero ayer volví a sentir la caricia de algunos mechones sobre el cuello y mis orejas, sentí que puedo ser lo que quiero, dependiendo de mi ánimo.

¿Es sencillo ser mujer? ¿Lo supe alguna vez? Quizá. Recién hoy volveré a definirme frente a la gente, con la cámara de mi celular en mano decidí recorrer las calles y capturar algo de vida, si es que aún le queda a esta ciudad agonizando sin darse cuenta. Me han dicho que necesito algo de color, que mi pálido amarillo no combina con mis ojos, yo misma me lo digo en realidad. Pero le temo al sol, como un árbol le teme al frío roce de la nieve en el invierno. La ciudad de Lima no conoce la nieve, pero mi cuerpo sí y la recuerda sin dolor.

Me encamino hacia Miraflores hasta un salón de belleza, donde mi hermana menor suele ir a teñir su cabello más claro, siempre admiré a mi “muy muy” o hermanita menor. Siento que por fin soy como ella, más hermosa, porque me permito ser morena y dejar atrás la palidez, algo que siempre quise. Detestaba mi cuerpo blanquecino, mi hermana es la de la piel más bonita. Ella era como la reina de la casa, siempre segura de sí misma, atractiva, hoy siento que amanecí aún mejor que ella. Antes de salir me puse sus zapatos azules de Velur, los compró en un outlet en el barrio chino de San Francisco, suerte que comprara una talla más grande, porque, aunque tenga los pies pequeños, uno en talla 38, jamás me quedaría. Cuando viajo, me siento un chico aburrido más entre los millones de seres humanos que recorren el mundo con alguna excusa. Mi hermana, en cambio, siempre parece la mejor vestida, la más arreglada, por lo mismo, todos voltean a mirar sus pechos perfectos. También ahora tengo pechos (cómo siempre lo deseé) y tengo unas nalgas enormes, mis ancas no son las flacuchas de un hombre pequeño con cara de asiático, si no las de una mujer que puede entregar placer y concebir un nuevo ser en su vientre. Dicen que las mujeres nos envidian el pene, su potencia sexual. En mi caso no es así. He idolatrado la idea del vientre materno desde que tengo uso de razón.

¿Es posible temer a tu propia sombra? Mientras camino bajo la luz del medio día, mi nuevo look golpea contra el viento, observo esta mancha que me persigue. ¿Es mía en realidad? Supongo que las dudas son parte de la transición. Había comenzado a perseguir los gatos en el Parque Kennedy, pero no duré mucho, el olor de sus heces me repele y me obliga a buscar otras imágenes. Cruzo la calle hasta las mesas de ajedrez, disparo la cámara del teléfono, imagino esas manos ancianas mover las piezas, algunas fotos me irán a servir, pero no me ayudarán a recibir algún premio internacional, como cuando fui un hombre.

Antes de llegar al salón me crucé con un muchacho, otro más que se animó a romper las reglas para salir y deambular con la excusa de las compras de comida, me miró de manera prolongada, como descubriendo que tengo bajo mi ropa. Cuando camino por la Av. Pardo, lo vuelvo a encontrar, lo veo con más detalle y me atrae su cuerpo atlético, la forma como me mira es muy extraña, pero más raro aún, es la sensación que me persigue. Tomo una calle hacia la derecha, camino más rápido, pero él sigue tras de mí ¿debería correr? No, ya llegué muy lejos para seguir corriendo. Doy la vuelta, lo miro detrás de las lunas ahumadas de mis lentes, él también se detiene y me sonríe – ¿Carolina? – pregunta -. Al parecer luzco más parecida a mi hermana a como el espejo engañoso me viene contando.

Al oír el nombre de mi hermana, por primera vez desde que siento este cuerpo, tomé conciencia de la realidad. Es fines de marzo. El salón de belleza está cerrado ¿Cómo no me detuvieron los tombos? ¿Qué hago en la calle vacía y que hace también este chico atractivo en ella? Hay cuarentena, no deberíamos salir de casa.

Me percato de cómo estoy vestida, con un atuendo de Carolina y ese hombre debe ser conocido de ella. Algún amigo o un ex novio. Veo personal de seguridad con mascarillas en esta extraña escena y gente de la FAP rondando, una sensación de libertad de estar y no estar. Pero me palpo y soy real. Lo único que deseo es que ese chico se me acerque más, aunque tenemos prohibición, pero las prohibiciones son para romperlas, deseo que me toque, preguntarle si soy más atractiva que Carolina. Pero si me toca y descubre quien soy ¿cómo le explicaría? Quiero fervientemente que los tombos se acerquen y me digan algo. Pero no me han visto o no les importo. No sé si todo esto es un sueño o un deseo tan profundo que parece estar sucediendo. Ahora recuerdo la cara del chico… está en una foto con ella, estoy celosa de mi hermana. No entiendo mi deseo, ni mis procesos mentales. Siento me voy a volver loca.

Hay una mujer vestida de azul, debe ser del serenazgo, se me acerca hasta un metro (como lo indica la norma), me mira con atención y dice:

– Señorita, solo está permitido salir a realizar compras básicas y emergencias, ¿dónde va usted?

El hombre de la foto cruza la calle sin oír mi respuesta y desaparece al tomar la siguiente esquina, apropiado para el momento, pues temo que mi voz impostada no sea suficientemente aguda. Observo a la mujer mirándome desafiante – sorry, I dontspeakspanish– respondo y trato de seguir caminando, ella no responde, pero volteo y la observo caminar en el sentido contrario. Llego a la esquina, lo veo y aún me espera, se me acerca y me saluda con la mano, mira hacia los lados y me llama pretendiendo dar un grito más cercano a un susurro.

Caminamos juntos, ya sé, ellos se conocieron en la universidad, pero no donde ella terminó ingeniería, sino donde estudió su carrera de actriz. Se llama Octavio y todavía cree que soy Carolina. Nuevamente observo mi sombra, al lado de la suya y temo esta traidora me delate, conoce muy bien mis secretos – debo volver a casa, hay cuarentena – le digo sonriendo y él se despide con un beso en la mejilla, transgredimos la norma decretada por el presidente, le doy mi número, le tomo una foto sin su permiso y comienzo a temblar, tan pronto alcanzo la siguiente esquina.

Escucho un ¡Hey! muy lejano, creo es el serenazgo. Casi me caigo de los zapatos. Miro mi cartera ahora entreabierta como si alguien la hubiese abierto en algún instante de distracción. Acelero el paso hasta esconderme en una quinta donde fumábamos tronchos con mis amigos, conozco bien ese barrio. Jalo el cierre y encuentro un papel doblado con algunas frases, fue Octavio, me pregunto, me emociono. Lodesdoblo y leo. Sé que no eres Carolina, querida o querido… Tiemblo aún más. Él tiene mi teléfono. Sé que me llamará.Acaba de empezar algo entre nosotros.

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