Chi fan zin: amor, arroz y deseos al wok. Una cucharada de tusanidad pop, urbana y fantástica

Chi fan zin: amor, arroz y deseos al wok. Una cucharada de tusanidad pop, urbana y fantástica

Christopher Vásquez

 

Recorriendo una feria de diseño, de esas donde uno va más a mirar que a comprar, me topé por primera vez con Chi Fan Zin. Fue como encontrar un rastro contemporáneo de tusanidad en medio de stickers, polos y tipografías experimentales. Me llamó la atención el nombre: un juego evidente y delicioso con los “chifas”, esos restaurantes chino-peruanos que forman parte del paisaje emocional del Perú. No pude evitar hojearlo. Y no pude evitar llevármelo.

Publicado en 2018, Chi Fan Zin es un cómic colectivo de 32 páginas creado por Eduardo Yaguas, Ange Interestelar, Cristina Zavala, Jugo Gástrico y Nolus Filomeno, con una portada explosiva de Marco Tóxico. Solo la cubierta está a color. Un estallido psicodélico, irreverente, casi grotesco, mientras que el interior está trabajado íntegramente en tinta roja. Esa decisión no es menor: el rojo lo tiñe todo de una atmósfera sensual, violenta y a ratos onírica. Es sangre, es salsa de tamarindo, es pasión, es alarma. Es el color perfecto para hablar de comida, deseo y fantasmas culturales.

 

 

Antes de entrar a las historias, el fanzine abre con fotos de archivo de la colonia china en el Perú. Migrantes que llegaron con su lengua, su cocina, sus rituales y que terminaron formando parte del ADN cultural del país. Ese prólogo visual funciona como una puerta histórica: nos recuerda que el chifa no es solo un restaurante de barrio abierto hasta la medianoche, sino el resultado de un proceso migratorio complejo. La tusanidad, esa mezcla entre lo chino y lo peruano, no es un adorno pop, es una identidad en construcción permanente.

Luego empieza el juego.

La primera historia, Aeropuerto de Eduardo Yaguas, tiene algo de comedia romántica urbana, de melodrama pasado por el filtro del absurdo. El protagonista es un chico que, después de cada fiesta, termina en el chifa He Man para reponerse. Pero no solo va por el arroz chaufa: le gusta la chica que atiende, Ziomara, migrante venezolana en medio de la reciente ola migratoria que ha transformado nuestras ciudades.

La historia avanza entre estereotipos y deseo. El protagonista lanza comentarios como que “todos los chinos se parecen” o imita el clásico reemplazo de la R por la L en el habla. Son lugares comunes que incomodan, pero que también retratan una realidad: la ligereza con la que repetimos clichés sin detenernos demasiado a pensar en ellos.

El romance prospera. Se besan, se escapan al almacén, tienen sexo entre sacos de arroz mientras los dueños del chifa los espían como voyeurs silenciosos. La escena es delirante y grotesca a la vez. El deseo se mezcla con la comida: el arroz como testigo íntimo, el espacio laboral convertido en escenario erótico. Es una constante del fanzine: la comida como extensión del cuerpo.

El giro fantástico llega cuando el protagonista viaja y, al volver, Ziomara ha desaparecido. Más tarde regresa, pero ha perdido la memoria. No lo reconoce. Y entonces, en una de las escenas más potentes, el chico se cuela de noche en el chifa y descubre a los dueños esculpiendo hombres con tallarines y arroz. Figuras humanas hechas de comida. El horror es casi artesanal. Él huye triste y se encierra con el recuerdo de un amor que solo existe en su memoria.

Es una historia divertida, absurda y atrapante. Sin embargo, es evidente que el autor no es descendiente chino, y eso se siente en la manera en que lo chino aparece más como un elemento exótico, misterioso o caricaturesco que como una experiencia íntima. Funciona narrativamente, sí. Pero deja una pequeña incomodidad: ¿estamos riéndonos con o de?

Luego llega Jugo Gástrico, cuyo estilo gráfico (cargado, visceral, casi sucio) me recordó inevitablemente a Robert Crumb. Hay algo contracultural en su trazo, una deformidad expresiva que potencia el contenido. Su historia juega con la jerga urbana: “chifear” como sinónimo de tener sexo. Los chifas como hoteles encubiertos. La doble función del negocio, tan chino eso. La economía del deseo.

Aquí la comida se vuelve metáfora sexual explícita pero no pornográfica. La sopa como alusión al placer oral. El chaufa como eyaculación (“chau-fa”, chau, se acabó). El tallarín saltado convertido en kamasutra gráfico. Es humor picaresco, popular, callejero. Una celebración del doble sentido que existe en el habla cotidiana de la gente de la calle.

 

 

Lo interesante es que el deseo no está separado del comercio. El negocio lo atraviesa todo. Y eso se conecta directamente con la historia final: Business son Business, también de Jugo Gástrico.

Ambientada en Huacho, esta historia retoma una frase popularizada en un programa de farándula limeño. Una chica consigue trabajo en un chifa y atiende a un cliente habitual que siempre pide sopa de pato. Un día él no aparece y la envían a su casa con el pedido. Descubre que es el famoso brujo conocido como “El Huachano”, dedicado a limpias y amarres amorosos. Entre sus clientas está Magaly, la periodista que hizo famosa la frase “Business son business”, suponemos que buscando fama y fortuna a través de rituales.

La historia mezcla cultura popular, superstición, economía y herencia china sin pedir permiso. Todo es intercambio: comida por dinero, sexo por interés, ritual por éxito. La tusanidad aquí no es identidad sino contexto: el chifa como epicentro de tramas urbanas.

El fanzine cierra con un breve relato sobre un joven que se atraganta con un trozo de kión en su plato, tanto de niño como de adulto. Un detalle mínimo, casi anecdótico, que se convierte en trauma repetido. Me parece un final perfecto: el kión, ese ingrediente que perfuma, pero también invade, como metáfora de una identidad que a veces se siente ajena, atascada en la garganta.

Esa tensión se equilibra con la participación de Cristina Zavala, hasta donde sabemos la única tusán del grupo y por eso lo he dejado para el final. Su sección es, para mí, uno de los momentos más lúcidos del volumen 1 del fanzine. Ella trabaja con la imagen de la galleta de la fortuna, ese objeto ya completamente apropiado por la cultura pop occidental. Sus ilustraciones muestran apenas encuadres de manos sosteniendo o partiendo galletas, y mensajes que rompen con el optimismo tradicional.

“No sé.”
“Esto no es real.”
“No eres yo. Soy tú.”
“No te esfuerces.”

Son frases que descolocan. La galleta deja de prometer éxito y amor eterno para sembrar duda e identidad fragmentada. Aquí la tusanidad deja de ser decorado y se vuelve introspección. Hay una conciencia distinta: no es la mirada hacia afuera, sino hacia adentro. Se siente menos anecdótico y más reflexivo. Menos parodia y más búsqueda.

 

Galleta de la fortuna. En Chifanzin 1 / Por Cristina Zavala

 

Y eso evoluciona en la otra historia de Cristina Zavala, Pasta para Wantan, en el volumen dos de Chi Fan Zin, opera con la misma firmeza, pero desde una forma narrativa.

Aquí no hay caricatura ni exotización: hay memoria. Hay identidad en disputa. Lili, su protagonista, es una joven que creció en Perú ayudando en el negocio familiar, un chifa como tantos, y que, al cumplir 19 años, es enviada por sus padres a China para estudiar en la universidad. El viaje que en teoría debería significar un “regreso al origen” se convierte, paradójicamente, en una experiencia de extrañamiento.

Lili vive en un limbo. En China no termina de sentirse completamente china; en Perú tampoco era del todo peruana. Su identidad parece suspendida entre aeropuertos, platos de comida y pantallas de celular. Hay una viñeta particularmente potente donde imagina un universo paralelo en el que nunca se fue de Perú, como si la migración pudiera desdoblar versiones de una misma persona. Esa idea me parece devastadora y hermosa a la vez: ¿cuántas versiones de nosotros mismos quedan habitando los lugares que dejamos?

 

Viñeta de Pasta para wantán. En Chifanzin 2 / Por Cristina Zavala

 

La historia está cargada de nostalgia, pero no de una nostalgia romántica, sino agridulce, como la salsa que acompaña un wantán frito. Los recuerdos de Lili no son grandes discursos sobre patria o pertenencia; son detalles concretos: los letreros de neón que dicen “Chifa”, “Mostrito”, “Pollería”; los min paos después del colegio; el Año Nuevo en la calle Capón; el olor del pan recalentado en el aeropuerto. La memoria migrante no está hecha solo de afectos, sino también de marcas visuales, de tipografías, de envoltorios, de sabores.

Zavala introduce además un elemento muy contemporáneo: las redes sociales como anclas emocionales. Instagram funciona como puente y como herida. Permite estar y no estar. Ver y no tocar. Las pantallas sostienen una continuidad ilusoria que evita la desconexión total, pero que también prolonga la sensación de no pertenecer del todo a ningún sitio. El migrante que regresa a su supuesto origen descubre que el origen ya no es un lugar estable, sino una construcción en permanente movimiento.

Si en otras historias del fanzine lo chino aparece filtrado por la mirada externa, en Pasta para Wantan la experiencia se narra desde dentro. Y eso cambia todo. Aquí la tusanidad no es un decorado urbano ni un recurso humorístico: es una pregunta abierta. ¿Qué significa volver? ¿Qué significa quedarse? ¿Dónde empieza y dónde termina la identidad cuando has crecido entre dos culturas que te atraviesan, pero no te contienen por completo?

Hay algo profundamente honesto en esta historia. No necesita el exceso ni el absurdo para impactar. Su potencia está en la sutileza, en la voz en primera persona que admite: “A veces siento que no pertenezco a ninguna parte”. Esa frase resume una experiencia migrante que rara vez se representa con esta sensibilidad.

 

Viñeta de Pasta para wantán. En Chifanzin 2 / Por Cristina Zavala

 

Pasta para Wantan termina de completar el mapa emocional de Chi Fan Zin. Si el resto del fanzine juega con el deseo, el negocio y la fantasía urbana, Zavala nos recuerda que detrás del letrero luminoso del chifa hay historias íntimas de desplazamiento y búsqueda. Y que, a veces, la verdadera frontera no es geográfica, sino interior.

Chi Fan Zin en su conjunto juega constantemente con lo urbano, lo fantástico y lo popular. La comida no es solo alimento: es deseo, es comercio, es memoria, es prejuicio. El rojo unifica todo bajo una atmósfera intensa que vuelve cada página una experiencia sensorial.

Personalmente, lo disfruté muchísimo. Me parece irreverente, honesto en su humor, y visualmente poderoso. Pero también creo que deja abierta una conversación necesaria sobre representación. Salvo en la sección de Cristina Zavala, lo chino aparece muchas veces como exotizado, reducido a estereotipo o misterio. Tal vez eso también sea parte del espejo que el fanzine nos pone delante: así miramos, así hablamos, así repetimos.

Y, sin embargo, más allá de sus tensiones, Chi Fan Zin logra algo valioso: convierte al chifa, ese espacio cotidiano y familiar, en territorio narrativo. Lo transforma en escenario de amor, sexo, brujería, trauma y fantasía. Nos recuerda que la cultura no vive en museos sino en platos humeantes a la una de la mañana.

Quizás por eso me gustó tanto. Porque me hizo reír, incomodarme y pensar al mismo tiempo. Porque me habló desde lo popular sin solemnidad. Porque entendí que, en el fondo, todos hemos tenido una historia en un chifa: una cita, una despedida, una borrachera, un malentendido, un deseo.

Chi Fan Zin es eso: un arroz chaufa bien servido. Mezcla ingredientes improbables, saltea prejuicios, agrega picante y lo deja todo en la mesa. Y uno, lector hambriento, no puede hacer otra cosa que probar.

 

Fotografía de portada

Ediciones Deformes

CHI FAN ZIN (Eduardo Yaguas, Jugo Gástrico, Ange Interestelar, Nolus Filomeno, Cristina Zavala. Portada de Marco Tóxico). Fanzine de 32 páginas, tinta roja, con sobrecubierta a color.

 

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