Tusanaje | Sofia Cham
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Sofia Cham

Sofia Cham

No conozco China más que en sueños, relatos e historias entrecortadas que me ha contado mi padre y algunos familiares Cham.

Mi bisabuelo era chino, y llegó al puerto de Manzanillo como migrante a sus cortos veintidós años. Ahí comenzó todo. En su primer trabajo lo bautizaron como Emilio Pedro Cham, aunque nació con el nombre de Zheng Liu o Chiang Liu, – no lo sabemos de cierto, familiares dicen que no es lo mismo, pero es igual–  lo que sí sabemos es que trabajó duro, tomó una decisión arriesgada que fue salir de Gou Tau, lugar cercano a Hung San Sha, a explorar el mundo, y por cosa de intuición, (porque tuvo la oportunidad de llegar a Estados Unidos pero decidió que mejor no), se aventó al mar una noche y tras un largo rato de nado, llegó a tierra firme, para después de dos años de trabajar, lograr abrir su carnicería y comenzar en los años subsecuentes a importar y exportar mercancía. Comenzó con pieles de cocodrilo, – cosa que dicen, sabía manejar a la perfección, ya que aprendió a tratar las pieles en su tierra natal-, y después con todo tipo de objetos que le pedían, él podía conseguirlo todo. Digamos que le iba muy bien, era astuto, sabía moverse, eso sí, le encantaba jugar a las cartas y al mah-jong.

Lo siguiente que sé es que su hijo mayor, Luis Cham, de su primera esposa, Li Xing, tuvo dos hijos con mi abuela que vivía en manzanillo, que él era un hombre que vestía siempre muy elegante, de traje negro, que le gustaba el buen vino y viajaba mucho porque también era comerciante como su padre.

Desde ese entonces a la fecha, ya somos bastantes Cham, de este lado, en el continente americano, se hace cada año “la Chamiza” – Así decidieron ponerle al encuentro anual de todos los Cham-, donde se crean lazos fraternos entre todos. Yo he de confesar que no he asistido a ninguno, tendré que ir para platicarles un poco más sobre este encuentro.

Yo, por mi parte, que vivo en Guadalajara, Jalisco, México, y mi cultura china es muy escasa, por lo menos he podido vivir esa parte que mi bisabuelo conoció muy bien cuando llegó a América, el puerto de Manzanillo; el calor, el olor a limón en el aire, la tranquilidad y frescura de las mañanas, la calidez y ambiente que te convida a quedarte, a quedarte, para mí es suficiente para sentir esa unión con él, y que sin duda alguna, llevo en el corazón.

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